Grilled Cheese

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3. Copa

El muchacho contemplaba la copa con una fascinación hipnótica. Las delicadas formas talladas en el cristal destellaban con múltiples colores, apagándose cuando su acompañante empezó a servir el contenido de la botella recién descorchada. Entonces un líquido sangriento opacó el cristal, la copa ahora un exquisito cáliz. 
Una última gota onduló en su superficie y los dedos del hombre, largos y huesudos, lo acercaron a su lado de la diminuta mesa que compartían. Él la había definido como íntima, acogedora y menuda como el cuarto al que le había invitado.
El Elegido dedicó una mirada nerviosa a su alrededor mientras su anfitrión se servía a sí mismo. Analizó los maniquís con trajes, seguro más caros que sus propios órganos. El sombrero de copa, la insignia del mago. El sofá, el baúl… no necesitaba ser un experto para saber la calidad de tapizado y maderas. 
—Un brindis, querido.
Tardó en reaccionar a la petición de su anfitrión, llevando su temblorosa mano al cristal. Notó su expresión extrañada, una perturbación curiosa en un rostro tan hermoso.
—Lo siento —confesó, sin llegar a levantar su copa—. Estoy nervioso. Igual es el color, me recuerda a la sangre…
—Cielos —exclamó el hombre—. ¡Lamento haber sido tan desconsiderado! Debía haber supuesto que tras aquel incidente… Traeré un blanco, será más apropiado.
Apenas notó el dolor de su cuerpo golpeando la pared, solo el ruido sordo de su escasa carne, el del aire escapándose de sus pulmones. 
No logró controlar su caída al suelo, pero al menos bastó para dar fin al combate. Declarado ganador su contrincante, apenas tuvo tiempo de verle mientras los tutores se lo llevaban. 
Como siempre, no había alegría alguna en su mirada. Llevaba en su rostro una máscara de no altivez, si no indiferencia. La seriedad de quien conoce el resultado del combate antes de terminarlo. 
Aquella no fue su peor derrota. Por eso se sorprendió al reconocer el sabor a hierro en su boca y algo duro, como si llevara un trozo de metal.
Aterrorizado por lo que se venía, escupió en su mano y allí encontró un canino, entre sangre y saliva. Lo primero que pensó fue que igual todavía era de leche, pero hacía tiempo que había mudado todos los dientes, ¿no? Pero el interés de los médicos descartó aquel pensamiento. Terminaron de extraérselo, dejando un singular hueco oculto tras su ausente sonrisa.
Semanas después, un dolor agudo, pero jamás mayor que el de sus palizas brotó en su boca. Un nuevo colmillo ocupaba el puesto del anterior. 
Afilado y largo, punzante y desigual con el resto.
Aquel diente no era humano, pensó elle, pensaron sus supervisores. Pues días después concertaron una operación para extraerle el resto.
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