Y el pecador, que oyó, no se escondía,
mas volvió contra mí el ánimo y rostro,
y de triste vergüenza enrojeció;
y dijo: «Más me duele que me halles
en la miseria en la que me estás viendo,
que cuando fui arrancado en la otra vida.

Y el pecador, que oyó, no se escondía,
mas volvió contra mí el ánimo y rostro,
y de triste vergüenza enrojeció;
y dijo: «Más me duele que me halles
en la miseria en la que me estás viendo,
que cuando fui arrancado en la otra vida.
«Cuanto me es permitido he de seguirte;
y si vernos el humo no nos deja,
nos mantendrá cercanos el oírnos.»
A la par, como bueyes en la yunta,
con el alma cargada caminaba,
mientras lo consintió mi pedagogo.
Y vimos poco a poco una humareda
venir hacia nosotros, cual la noche;
ni un sitio había para resguardarnos:
el aire puro nos quitó y la vista.