Jaskier. . .
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» catedral. Algunos arañarían su piel, otros pasarían de largo, pero las piernas del neófito flaquearían y caería sobre sus propias rodillas, agarrando las solapas del traje del vampiro—. No puedo… parar… AYÚDAME…
Su instinto la arrojó hacia Selene cuando su cuerpo no aguantó más, abrazándola con toda su fuerza e interponiéndose entre la amenaza y ella en un escudo humano.
Les miró. "Hora de salir de aquí. Esto se viene abajo. Agarraos a las patas de los monos voladores y vámonos, ¡ya! Y que alguien se suba a mi espalda o le cargo en brazos."
. . . — Se lo recompensará, lo promete. No lo dejaría en manos de Dettlaff si no confiara ciegamente en su hermano.
Ella empieza a encontrarse mal, liberar la espada siempre la ha dejado muy debil y es la primera vez que lo hace en un lugar tan... Estimulante, en el peor de los sentidos.
Se ha dejado caer en una de las columnas mientras se raja los bajo del vestido. Tiene que tapar la herida...
Úsala a tu favor, mi niño.
Su brazo se extendió para señalar la iglesia infestada de maldad.
—Devora a tus enemigos, Coen.
Manda cojones que me vaya a dejar con DETLAFF.
< ocupado de salvarla (de nuevo).–
Se relamió, esquivando la primera pompa, saltando hacia ella para morderla; pero otra vez esa fuerza sobrenatural que le obliga a desviarse e impactar contra la segunda pompa para así no morder a Lyra. Con la nube de polvo que se formó, no se podía ubicar al neófito.
— Regis dejará a Jaskier al cuidado de Dettlaff, para que lo lleve de vuelta a Toussaint. Tiene que ir a buscar a una persona.
Amarïe gritó aterrada ante lo que acababa de suceder, agarrando con su mano temblorosa la espada y sintiendo como su pulso se había desbocado. Había estado cerca, muy muy cerca...
Tan pronto como se liberó, comenzó entonces a correr lo mas lejos posible del vampiro
—¿Madre?—levantó la cabeza de aquella mujer a medio desangrar cuando escuchó lo que parecía ser la voz de Esme. La sangre recorría su mandíbula, mirando a todos lados—. ¿Madre? ¿Dónde estás? ¡Madre!
» una fuerza sobrenatural, mezclada con su propia voluntad.
La otra mujer no tuvo la misma suerte, la cual imploraba clemencia mientras el neófito la desangraba poco a poco.
—¿Coen, cielo?—en algún momento la voz de Luan se mezcló con la voz de Esme en un tiempo pasado. Pero ahora eran otros ojos que lo contemplaban, con confusión—. Vamos a ayudar a tu maestre.